Una arpa ruboriza el cielo, como si la tristeza tuviese un color magenta.
He visto este sonido en algún lado, forcé la memoria, pero no había recuerdo ni eco semejante a esta instantánea.
¿Seré preso de la melancolía? Sólo un melancólico ve sonidos del pasado, los usa como hoyos de escapatoria, huye en ellos, en ellos ora, llora en ellos, y ya en ellos deja de ser él...Pero no, este no será mi caso.
Hace un par de días que la melancolía ya no habita, en vano he de esforzarme. Los ojos cerrados jamás recuperan recuerdos, elaboran los propios a través de fantasmas que quedan al peinar la realidad con inquietas pestañas.
Ver al cielo en magenta sería verlo llorar con los ojos llorando, o ruborizarse por culpa del atardecer. Fue desde entonces que me he propuesto grabar minuciosamente la realidad, para que cuando habite en ellos, nosotros o ustedes, tengan mis colores en su mirada.
Valiente solución desde aquí, instar por instantáneas curiosidad y respeto a los días. Y si el arpa que entinta magenta al cielo no existía, verla con ojos de otoño y hacerla danzar en las hojas viento será bastante insinuación para asirla, adelante -me dije-. Comencé a ver aves y en ellas el desvelo del arpa nocturna. Había iniciado, con un pequeño desliz, el arpa nocturna que muda en magenta al silencio de la mirada.
Fue así que la encontré tan dispuesta a volverse recuerdo, sin querer ser tiempo, antes del ocaso, antes del desvelo, mucho antes que el paraguas de hielo se derritiese al cielo, siempre mucho antes. Unió, como arpa de poetas, a la muerte en el quicio de la puerta. Solo veía su espalda, era un trigal inmenso; en ella, las sombras danzaban con el viento... Un ligero sonido emulaba al recuerdo. De ella me separaba una ventana de reflejo nulo.
Al iniciar con el arpa nocturna, mi deseo de cielo magenta se hizo instantánea. Uno a uno maquillaron una flagelación con su reflejo hecho sombra, y el sonido que aves agotaban con murmullos de nota, encadenó el Déjà vu que imaginaría después.
La mirada bajó hacia mi mano, leí mi destino. Había creado una arpa que ruborizaba el cielo, como si la tristeza tuviese un color magenta.
PP.
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